Retrato de Inagê Kaluanã, practicante de Candomblé, representando la llegada del Orixá Exu en la playa de Salvador, donde funcionaba uno de los principales puertos de desembarco de africanos esclavizados en las Américas. Con los miles de yorubas traídos por la fuerza, también cruzó el Atlántico Exu, señor de la comunicación y mensajero entre el mundo material (Aiyê) y el espiritual (Òrun), cuya presencia sostenía el vínculo con lo sagrado y ofrecía consuelo frente a la violencia del cautiverio.
En un altar dedicado al Orixá Exu, su representación conserva formas ancestrales aún presentes en regiones del sur de Nigeria, Benín y Togo, donde aparece con cuernos de animal y un falo erecto — símbolos de fertilidad y energía vital. Con la llegada de los primeros misioneros cristianos en el siglo XV, estas imágenes fueron reinterpretadas desde una óptica europea y religiosa que asoció a Exu con la figura bíblica de Satanás. Este error se perpetuó durante siglos y, hasta el año 2010, plataformas de traducción en línea seguían traduciendo “Exu” como “Satanás” en varios idiomas. Solo gracias al movimiento internacional “Exu is not Satan”, esta asociación comenzó a corregirse en los entornos digitales.
Retrato del practicante de Candomblé Nicolas Mozart representando un relato mitológico sobre Ogun, divinidad yoruba de la tecnología y el trabajo. En esta narrativa, por ser el más valiente guerrero de su pueblo, Ogun se entrega por completo a sus conquistas, al punto de no dudar en bañarse con su propia sangre para alcanzar sus objetivos — una metáfora de sacrificio, persistencia y dedicación colectiva. Aunque fue interpretado por la mirada colonial como una fuerza primitiva o destructiva, en la tradición yoruba es venerado como uno de los grandes héroes civilizatorios: el creador de tecnologías y saberes ancestrales, quien forjó herramientas y posibilitó el avance del mundo material mediante el dominio del fuego y del metal.
Retrato de la sacerdotisa afrobrasileña Elizabeth Aparecida representando a Ogun en el patio trasero de su templo. Tras siglos de prohibición, en 1942 se creó la Policía de Costumbres para vigilar los templos afrobrasileños. Debido al racismo estructural, muchos practicantes no lograron regularizar sus espacios y enfrentaron arrestos y clausuras. Ante la persecución, los patios traseros se convirtieron en espacios de resistencia: lugares donde los rituales se realizaban en secreto, garantizando la continuidad de las prácticas religiosas y la cohesión de las comunidades afrobrasileñas.
Retrato de los sacerdotes afrobrasileños José Elias y Rosa Nagro en São Paulo, encarnando a los espíritus guardianes de los cruces de caminos — entidades bohemias que protegen los espacios sagrados y la vida espiritual de quienes practican religiones afrobrasileñas. Aunque desempeñan un papel fundamental como guías y defensores, estos espíritus han sido históricamente representados de forma despectiva como figuras demoníacas por miradas intolerantes. Ese prejuicio alimenta la persecución religiosa y convierte a estas entidades en algunas de las más atacadas dentro del universo espiritual afrobrasileño.
Retrato de una representación de Obaluaê en un templo de Candomblé en Campo Limpo Paulista, uno de los Orixás más incomprendidos por quienes no practican religiones afrobrasileñas. Deidad yoruba asociada tanto a la curación como a las enfermedades, Obaluaê suele aparecer con el cuerpo cubierto de paja, ocultando las llagas de la viruela. Esta imagen ha llevado a que, por desconocimiento y prejuicio, algunos grupos intolerantes lo vinculen erróneamente con la enfermedad, llegando incluso a prohibir que se pronuncie su nombre. Sin embargo, su verdadero papel es el de un poderoso sanador, capaz de brindar alivio físico y espiritual. Por eso, Obaluaê sigue siendo profundamente reverenciado por las comunidades afrobrasileñas que reconocen en él la fuerza que transforma el dolor en cuidado.
Retrato de Diana Kelly representando un ritual afrobrasileño en el que se utiliza palomita de maíz como remedio. En la mitología yoruba, este alimento está vinculado a Obaluaê, el Orixá de las enfermedades. Según la narrativa sagrada, tras la curación de sus llagas de viruela, estas se transformaron en palomitas, simbolizando su poder para absorber dolencias. Durante siglos, la medicina tradicional afrobrasileña fue el principal acceso a la salud para las personas esclavizadas y sus descendientes, aunque estas prácticas fueron criminalizadas hasta principios del siglo XX.
Retrato de Natasha Solojovas en el bosque, cargando frutas como preparación para un ritual afrobrasileño. En la mitología afrobrasileña, los bosques son espacios sagrados, habitados por múltiples divinidades que residen en árboles encantados, ríos y piedras. Durante siglos, estos entornos sirvieron como refugio para ancianos y líderes espirituales afrobrasileños, permitiéndoles realizar rituales en secreto y a salvo de la persecución social. Hoy en día, sin embargo, muchos parques públicos exhiben señales que prohíben expresamente los rituales afrobrasileños, mientras que otras prácticas religiosas gozan de libre acceso, lo que evidencia las desigualdades persistentes y la lucha continua contra la discriminación religiosa.
Retrato de Dandara Vitória y Erica Firmino encarnando a las deidades del agua, Oshun, y de los vientos, Oyá. Según la mitología yoruba, Oshun es la tambien la diosa del amor, capaz de cautivar a cualquier persona, incluso a alguien de su mismo género. A diferencia de muchas religiones, la mitología afrobrasileña celebra la pluralidad de géneros, cuerpos, edades y orígenes. Esta visión inclusiva a menudo provoca ataques por parte de grupos intolerantes, que interpretan erróneamente a estas deidades como símbolos de pecado o lujuria. Sin embargo, dentro de las comunidades afrobrasileñas, siguen siendo emblemas de fuerza, belleza y libertad.
Retrato de João Silva representando un ritual conocido como Ebó, en el que toda la comunidad afroreligiosa se reúne para preparar alimentos sagrados, ofrecidos colectivamente mientras se canta en lengua yoruba: “Te ofrezco alimento a tu vida, para que Iku (la muerte) se mantenga lejos”. Este ritual no puede realizarse en soledad: necesita de muchas manos para que el axé — la energía vital que mueve el universo según las cosmologías afrobrasileras — circule entre todos, fortaleciendo los lazos espirituales y sociales. En Brasil, donde 59 jóvenes negros son asesinados cada día por la violencia urbana y el racismo, rituales como este buscan resguardar vidas y enfrentar, desde lo sagrado, las consecuencias del racismo estructural.
Retrato de Valdemir Alves, sacerdote afrobrasileño encargado de tocar los tambores durante los rituales de la comunidad a la que pertenece. La imagen resalta la importancia de este instrumento sagrado, capaz de invocar a las deidades que habitan el plano espiritual. A pesar de su profundo significado religioso, los tambores de origen africano estuvieron prohibidos en Brasil hasta la década de 1940. Por ello, muchas ceremonias fueron llevadas a zonas boscosas y apartadas, donde el sonido no llegara a oídos de las autoridades, pero sí a los de los Orixás y los ancestros divinizados, preservando así la conexión entre el mundo material y el espiritual.
Retrato de Flavio Junior, practicante de Candomblé en São Paulo, vistiendo la indumentaria tradicional utilizada durante el proceso de iniciación en las religiones afrobrasileñas. Estas vestimentas, que simbolizan la ascendencia africana y la pureza espiritual, deben ser usadas durante tres meses por los neófitos, incluso en la vida cotidiana. En el caso de los niños, esto puede generar situaciones de acoso escolar, ya que muchos compañeros no comprenden el valor sagrado de estos rituales. Como resultado, algunos terminan enfrentando aislamiento y, en ciertos casos, abandonan las clases debido a la presión y la discriminación que sufren en el entorno escolar.
Retrato de una religiosa afrobrasileña en São Paulo durante un ritual conocido como Efun, en el que se dibujan puntos blancos sobre el cuerpo como forma de protección contra la muerte — un gesto profundamente simbólico en un país donde decenas de personas negras son asesinadas cada día. Según la mitología yoruba, la muerte, conocida como Iku, teme a la gallina de Guinea. Por eso, en algunas religiones afrobrasileñas, es tradición pintar a los iniciados con patrones que imitan el plumaje de esta ave, invocando su poder para garantizar una vida larga, saludable y protegida.
Retratos de los hermanos Ryan y Christian en un templo de Umbanda ubicado en Embu das Artes, representando a los santos Cosme y Damião. Por ser santos hermanos del cristianismo con una fuerte conexión con la infancia, fueron sincretizados en Brasil con los Ibejís — deidades gemelas yorubas asociadas a la niñez y la alegría. Durante siglos, esta devoción se ha expresado en la tradición de distribuir pequeñas bolsas con dulces de origen afrobrasileño a los niños. Sin embargo, en los últimos años, grupos criminales influenciados por discursos religiosos intolerantes han prohibido esta práctica. En muchas comunidades afrobrasileñas, donde esta celebración era un momento de alegría colectiva para las infancias de la periferia, hoy persiste la inseguridad, revelando cómo el racismo religioso también logra silenciar los gestos más dulces de la tradición.
En São Paulo, retrato del sacerdote de Candomblé Danilo Fernandes sosteniendo dos cauríes africanos como si fueran binoculares — instrumentos capaces de ver a través del tiempo y el espacio. La adivinación con caracoles, practicada en muchas tradiciones religiosas afrobrasileñas, se basa en un sistema simbólico y matemático sofisticado. Cada configuración corresponde a narrativas mitológicas que orientan decisiones espirituales y también fundamentan aspectos de la medicina tradicional afrobrasileña. A pesar de su profundidad cultural e intelectual, este oráculo ha sido durante mucho tiempo descartado como superstición, reflejo del racismo científico que históricamente desvalorizó los saberes y prácticas espirituales de origen africano.
Retrato del sacerdote de Umbanda Pai Bijuca, en su templo en Piabetá, junto a la estatua de su ancestro, Abuelo Leandro. Durante siglos, debido a la criminalización de las religiones afrobrasileñas, muchas comunidades se vieron obligadas a ocultar las imágenes de sus deidades y guías ancestrales. Para evitar la persecución, se volvió común colocar santos católicos en las partes más visibles del altar — donde podían ser vistos por las autoridades — mientras que las estatuas de espíritus esclavizados, guías indígenas y divinidades afrobrasileñas eran ubicadas más abajo o escondidas. Esta estrategia permitió que los templos sobrevivieran, preservando su fe a través del silencio y la resistencia.
Retrato de Samara Azevedo en las aguas del mar de Salvador, representando a Yemanjá, la deidad yoruba de los mares. Considerada el Orixá más popular de Brasil, su imagen fue transformada a lo largo del tiempo como consecuencia del racismo. Mientras que en África se la representa como una mujer negra, corpulenta y de senos generosos, amamantando peces como si fueran sus hijos, en Brasil su figura fue blanqueada y estilizada, convirtiéndola en una mujer delgada, de rasgos europeos, similar a un hada. Frente a esta distorsión, nuevas generaciones de practicantes de religiones afrobrasileñas trabajan para recuperar la imagen ancestral de Yemanjá y enfrentar los prejuicios que aún pesan sobre ella.
Retrato de practicantes de Umbanda durante la festividad de Yemanjá en Mongaguá. Esta celebración ocurre en distintas fechas a lo largo de Brasil debido al sincretismo entre esta deidad de origen africano y festividades cristianas. En algunas zonas turísticas, tradicionalmente se realizaba el 31 de diciembre, influyendo profundamente en los rituales de Año Nuevo y transformando la fecha en uno de los mayores eventos culturales del país. Con el tiempo, sin embargo, la celebración fue cooptada por intereses comerciales, y sus raíces africanas fueron sistemáticamente borradas debido al racismo religioso. Como consecuencia, muchos practicantes afrobrasileños se vieron obligados a cambiar la fecha de sus rituales, ya que su presencia pasó a ser considerada un obstáculo para el turismo.
Retrato de Bruno Ronald, practicante de religión afrobrasileña durante un ritual de cuidado de la salud mental. En la mitología yoruba, los peces (Ejá) son considerados hijos de Yemanjá, la deidad del mar, quien crea las cabezas humanas y otorga equilibrio y claridad mental. Frente al racismo estructural, las comunidades afrobrasileñas enfrentan profundos desafíos en el ámbito de la salud mental, y rituales como este se vuelven fundamentales para ofrecer contención, fortaleza y cuidado del Orí — la cabeza, entendida como el eje que conecta el alma con el mundo espiritual y como la fuente del equilibrio emocional y psicológico de cada persona.
Retrato de practicantes de Candomblé en el Parque de las Dunas de Abaeté, un sitio sagrado desde hace siglos para las religiones afrobrasileñas, donde se originaron muchas de sus mitologías, especialmente las relacionadas con Oshala — la deidad yoruba más antigua y creadora de la humanidad. A pesar de su profunda importancia cultural y espiritual, políticos locales intolerantes han propuesto cambiar el nombre del parque a “Monte Santo” y destinar partes del territorio a iglesias cristianas, restringiendo así el acceso de las comunidades afroreligiosas e impidiendo que realicen sus rituales y homenajes los Orixás.
En Brasil, decir “macumba” suele ser un insulto, algunos la han transformado en una palabra usada para señalar, ridiculizar o condenar aquello que no se entiende. Ante ello, el fotógrafo Gui Christ decidió reapropiarse del término y convertirlo en una afirmación: M’Kumba no es un reportaje sobre religiones afrobrasileñas, es una declaración de pertenencia.
Su historia con estas religiones comenzó a inicios de los años 2000, cuando estudiaba fotografía en Río de Janeiro. Proveniente de una familia blanca, creció escuchando relatos negativos sobre los cultos afrobrasileños, pese a que su bisabuela había sido sacerdotisa, y forzada a cerrar su templo. La historia familiar quedó marcada por el miedo y el prejuicio: “Crecí oyendo cosas muy malas acerca de las religiones”, recuerda.
Un día, mientras fotografiaba en la calle, un sacerdote de Umbanda lo invitó a entrar a su templo. Dudó. “Le dije que no podía entrar porque tenía miedo”. Entró de todas formas. Esa noche soñó con orichas y ancestros que nunca había estudiado. Una semana después regresó. Aquella visita no solo transformó su percepción: redefinió su vida.
“No sé si me torné fotógrafo o si me torné macumba por la fotografía”, dice. Ambas cosas ocurrieron al mismo tiempo.
Durante años trabajó como fotógrafo documental y publicitario, incluso colaborando con National Geographic. En 2018, ya como practicante de Umbanda e iniciado en Candomblé, comenzó a experimentar en carne propia el racismo religioso. Vestido de blanco y con sus collares rituales, un automóvil intentó atropellarlo frente a una iglesia. En el vehículo había una estampa: “Solo Jesús salva”. Entendió que lo que vivía no era un hecho aislado, sino parte de una estructura histórica de intolerancia.
Obtuvo entonces una beca de National Geographic Society para documentar el prejuicio contra las religiones afrobrasileñas y pasó un año fotografiando violencia: templos destruidos por narcomilicias cristianas, sacerdotes que perdieron la custodia de sus hijos, líderes obligados a romper sus propios altares. “Me sentía muy mal”, confiesa. “Estaba muy realizado como periodista, pero como religioso no me sentía bien”.
El giro ocurrió durante un ritual. En trance, un ancestro le preguntó por su trabajo. “¿Por qué no paras de sacar fotos como periodista? Empieza a sacar fotos como un macumba. Haz fotos para tus hermanos, no para los americanos”.
Esa frase cambió el eje del proyecto.
Gui dejó de mirar desde el canon del fotoperiodismo y comenzó a crear imágenes desde la mitología viva de su comunidad. Trabajó con códigos internos: collares, colores, gestos, danzas, cuerpos en trance, mar y tambor.
En Brasil, explica, existen “gramáticas corporales y musicales” que no están escritas, pero que se practican y se viven. M’Kumba es una construcción colectiva: cada comunidad aporta su mitología; cada imagen se crea junto a quienes la habitan.
El proyecto no romantiza el dolor, pero tampoco se limita a denunciarlo. Es un acto de afirmación: “Mi trabajo es sobre la vida, es sobre la fuerza”, sostiene. En una de sus fotografías más emblemáticas, retrata a una mujer afrobrasileña en el mar, sosteniendo un pez, representando a Yemanjá. En Brasil, por influencia racista, esta divinidad suele representarse como una mujer blanca y delgada. En África es una mujer negra, grande, poderosa. La protagonista de su imagen se reconoció por primera vez en esa potencia. “Nunca imaginé que tanta gente me viera como una mujer muy bella y fuerte”, le dijo.
Ahí comprendió el alcance del proyecto: no se trataba solo de denuncia internacional, sino de restaurar dignidad visual.
Gui insiste en una precisión conceptual: las religiones afrobrasileñas no son sincréticas por definición. Durante la esclavitud fueron obligadas a usar imágenes católicas para sobrevivir, pero poseen divinidades propias, sistemas cosmológicos propios. Reducirlas al sincretismo perpetúa una lectura colonial.
Brasil tiene 500 años de historia; 300 de ellos fueron de esclavitud.
“Tenemos más tiempo como país con esclavos que sin esclavos”, recuerda. El racismo no es un episodio: es estructura. Y la intolerancia religiosa hoy es también herramienta política de grupos extremistas que usan la fe como mecanismo de control y expansión.
Sin embargo, M’Kumba no es una crónica de victimización. Es una afirmación de existencia.
Después de siete años —número sagrado en su tradición— el proyecto se acerca a su cierre con un fotolibro. Pero su investigación continúa. Hoy cursa una maestría para estudiar cómo la cultura afrodiaspórica dialoga con la historia de la fotografía brasileña. Su siguiente proyecto mira hacia el tambor.
Para Gui, el tambor —Ngoma— no es instrumento: es divinidad. Es el padre que hace sagrados los cuerpos al moverlos. Desde el candombe uruguayo hasta la salsa caribeña y la samba brasileña, el tambor moldeó América Latina.
“El tambor es el padre de toda Latinoamérica”, afirma.
Si en Rafael Vilela la fotografía fue un espejo para confrontar la ignorancia blanca, en Gui Christ es una herramienta para restaurar memoria ancestral desde dentro. No habla como observador, habla como practicante, y no documenta una cultura ajena, sino su propia fe.
“Me comprendo como comunicador”, dice. No como líder religioso, sino como puente. Su cámara no busca explicar lo sagrado, sino amplificar una voz histórica que ha resistido cinco siglos. Así, en un continente atravesado por herencias coloniales, M’Kumba no pide tolerancia. Exige reconocimiento y lo hace desde el tambor.