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El Antropoceno como crisis de la reciprocidad

Más allá de la geología, el Antropoceno revela una ruptura en el equilibrio relacional. Desde los campos de lava de Islandia hasta la noche del Yasuní, este ensayo cuestiona la narrativa que sitúa a la humanidad en el centro.

Strandarkirkja, una pequeña iglesia en la costa sur de Islandia, se levanta en un paisaje modelado por el viento, el mar y la fuerza volcánica. Construida en el siglo XII, la tradición sostiene que fue erigida tras la promesa de unos marineros que sobrevivieron a una violenta tormenta en el Atlántico Norte. En su interior, pinturas de naufragios y tempestades evocan los riesgos de la vida en estas costas expuestas. El entorno es austero y aislado, marcado por el viento constante y el oleaje. Durante siglos, los visitantes han llegado en busca de protección, depositando deseos en un lugar asociado a la supervivencia y la fe.

Islandia

Strandarkirkja es una pequeña iglesia en la costa sur de Islandia. La leyenda dice que en el siglo XII un grupo de marineros, que estuvo a punto de naufragar en una colosal tormenta, ofreció construirla si sobrevivían (Selvogur).

En este lugar chocan dos visiones contrapuestas del mundo y de la naturaleza. Por un lado, está el afán de todas las religiones monoteístas por erradicar las idolatrías y los politeísmos. La única fuente de todo lo que existe, el único creador, es Dios, único, unitario y todopoderoso. Y por otro lado, están las creencias compartidas por muchos pueblos celtas y vikingos, que daban entidad y agencia a distintos elementos de la naturaleza: Þórr o Thor el dios del trueno; Njörðr o Njord el dios de los mares y del viento; Jótnar, los gigantes del fuego, el hielo y la montaña.

Esta idea de que el mundo está animado, de que la naturaleza tiene una capacidad de reacción, gestión y decisión fue extirpada sistemáticamente del pensamiento occidental.

La mayor parte de islandeses son luteranos, pero en Reikiavik conservan terrenos intocados para que los gnomos habiten allí. Y muchos creen en Huldufólk, el pueblo oculto de elfos, gnomos y otros seres benignos y malignos que comparten la vida con los humanos.

Estuve el año 2024 en Islandia. A minutos de Strandarkirkja, la carretera 427 estaba bloqueada. Los helicópteros sobrevolaban la costa sin pausa; los policías y bomberos impedían que la gente se dirigiera hacia Grindavík, la pequeña ciudad que estaba en peligro de desaparecer por la furia del volcán Stóra-Skógfell. Es un ritual que se repite cada año: el fuego que surge de las entrañas, el hielo avasallador y persistente, el viento que alborota el mar, el frío que derrota a los más aguerridos. Hasta el siglo IX, cuando Ingólfur Arnarson fundó lo que hoy es Reikiavik, se pensaba que Islandia era inhabitable (Kristinsson, 2026).

Los campos de lava de Eldhraun, cubiertos por una gruesa capa de musgo verde, se formaron durante la erupción del volcán Laki (Lakagígar) entre 1783 y 1784, una de las mayores coladas de lava registradas. La erupción tuvo consecuencias graves en Islandia y afectó el clima en Europa. Con el tiempo, este paisaje inicialmente árido fue colonizado por vegetación. El musgo que cubre Eldhraun es principalmente Racomitrium lanuginosum, adaptado al clima extremo islandés. Como no tiene raíces verdaderas, absorbe agua y nutrientes a través de sus hojas. Su regeneración es lenta y puede tardar décadas si se daña. Su color varía entre verde y gris según la humedad. Caminar por Eldhraun exige cuidado. Una sola huella puede permanecer visible durante muchos años. La capa de musgo, que puede alcanzar hasta 60 centímetros de espesor, suaviza el terreno volcánico y sostiene un ecosistema frágil. Se pide a los visitantes no pisarlo ni encender fuego, ya que el entorno es vulnerable.

La sensación de que me estoy asomando a un tiempo geológico distinto la he tenido en muy pocos lugares del mundo. Allí, en esos parajes volcánicos del sur de Islandia, sin rastros humanos perceptibles, se observan unos campos descomunales de lava petrificada, cubiertos de un musgo tan sistemático y persistente que no hay un centímetro cuadrado que esté libre de vida. Me asomo a tiempos mucho anteriores a la existencia de la humanidad.

En ese viento brutal percibo la indiferencia —o tal vez la lógica propia— de esta tierra que nos precede y seguramente nos antecederá. El musgo es una de las formas de vida más antiguas de la Tierra. Carece de raíces. No tiene un sistema vascular, flores, frutas o semillas. Es minúsculo. Su maravilla y diversidad solo pueden ser descubiertas si uno se acerca con una lupa y se permite mirar el mundo desde su diminuta perspectiva (Kimmerer, 2003).

Los musgos han estado aquí desde hace aproximadamente 470 millones de años, según calculan los científicos, y tuvieron un papel fundamental en el enfriamiento de la tierra que eventualmente permitió la vida (Ghosh, 2012). El poder de los musgos es que se adaptan íntimamente al territorio y habitan esa delicada frontera entre el aire y la tierra. Han escogido colonizar estos campos inimaginablemente complejos, llenos de cuevas, estribaciones, valles minúsculos producidos por el enfriamiento de esas lavas fluidas, casi líquidas. 

Allí, en esos campos, están las recetas probables de la vida misma: el calor de los volcanes, el agua que se filtra entre la lava, los minerales que reaccionan entre sí, la energía implacable del viento y del fuego. Con el tiempo, esas fuerzas elementales hicieron posible que las primeras protocélulas comenzaran a formarse.

Los humanos somos un chispazo en la noche de los tiempos, un destello, un relámpago. A pesar de que hoy se puede mirar desde el espacio las luces de nuestras ciudades, sabemos perfectamente que cuando nuestra especie desaparezca (y desaparecerá, porque en algún momento nuestro planeta ya no podrá sostener nuestra vida), regresará la noche profunda y misteriosa de los más que humanos. 

Cuando hablamos del Antropoceno, más que de una gran era geológica, interpreto que hablamos de una etapa ecológica, una ruptura de la reciprocidad entre los seres vivos por la preeminencia miope de nuestra especie. Esa violación de la naturaleza no es un evento geológico, cósmico o teológico, sino una torpe zancadilla que nos ponemos a nosotros mismos: ¿beberemos petróleo, comeremos dinero, respiraremos ondas electromagnéticas?

La Reserva Ecológica Yanacocha, ubicada a unos 45 minutos al noroeste de Quito, en la parroquia de Nono (ladera del volcán Guagua Pichincha), es un refugio de biodiversidad andina a 3.600 metros sobre el nivel del mar. Gestionada por la Fundación Jocotoco, protege ecosistemas de bosque nublado altoandino y destaca por la conservación del colibrí Zamarrito Pechinegro (Eriocnemis nigrivestis).

El jardín de Carolina

Mi preciosa Carolina, mi jardinera y arquitecta del paisaje, murió en un accidente de tránsito en el año 2013. Ella sostenía que es imposible defender la naturaleza solo desde la razón, que la conservación debe ser ante todo un acto de ternura.

Pasé tantas horas con ella cuando diseñaba o se metía a sus jardines con sus botas de caucho. Ella sostenía que:

se hace un jardín despacito, con cuidado, con enorme paciencia. Del mismo modo en que se construyen los afectos, del mismo modo en que una casa se va convirtiendo en un hogar. Así como las personas se van poniendo cómodas en nuestro corazón y un día deciden quedarse.

No hay nada mágico o automático, hacer un jardín requiere constancia. Primero se lo delimita, se le da una dimensión comprensible, humana. Luego se siembra, se riega, se espera, se poda, se espera más. Construir un jardín es un acto de apropiación, un diálogo personal con la naturaleza y sus ciclos.

Para que un jardín lo sea, tengo que convertirme en su jardinero. Tengo que domesticarlo. Hacerlo mío. Mío en el afecto, mío en el tiempo invertido, mío en la capacidad de evocarlo cuando estoy ausente (Corral Vega, 2013, p. 8).

Me suena tan arrogante esa idea de que nosotros, los conscientes, los responsables, los progresistas, cuidamos de la naturaleza. Es ella la que nos cuida a todos, a los que decimos defenderla y a los que no. Es la que nos regala los alimentos que nos nutren, el agua que nos devuelve la fluidez, el aire que revitaliza nuestra sangre. Es ella la que nos permite, habilita, y soporta, como toda preciosa madre.

Parque Nacional Yasuní, Ecuador. En la estación de investigación de la Universidad San Francisco de Quito, el generador se detuvo y el bosque recuperó la noche. El dosel tropical se convirtió en un coro inquieto de criaturas invisibles mientras la Vía Láctea se extendía sobre las copas de los árboles.

Noctalgia

Fui hace poco al Yasuní, a la estación de la Universidad San Francisco de Quito, lugar que a mí siempre me conmueve. El ruido del generador se detuvo y el sonido del bosque tropical se convirtió en un hervidero chirriante de criaturas invisibles. La vía láctea se desperezó sobre las copas de los árboles. Allí, junto al río, en la oscuridad más absoluta, me sentí nuevamente un niño indefenso, enfrentado al misterio. El bosque tropical es la vida en toda su potencia, la delirante complejidad de un rompecabezas indescifrable y gozoso en el que somos apenas una pieza más. Es la antípoda biológica de esa elegante simplicidad de las planicies volcánicas de Islandia.

Respiré profundo, el aire húmedo y caliente me resultó foráneo, inapropiado para un humano. La inspiración me causó incomodidad y la exhalación alivio. Estaba en la tierra de los innumerables insectos, de los pumas, de las anacondas, de las capibaras, de los perezosos, de los tucanes, de los monos araña, de los sapos de cristal, y de esa explosión indescriptible de lo verde.  Un mundo que se conecta y conversa directamente con el cosmos, que no necesita de intermediarios humanos. Estaba sumido en una oscuridad tan inquietante que mis ojos no lograban registrar nada, no sabía con certeza qué estaba arriba y qué estaba abajo. Tenía la sensación de flotar en un vacío cósmico. Me sentí un intruso, un impostor. Un ser humano que quería sentir curiosidad y que solo lograba sentir temor ante la noche impenetrable. 

El sonido del bosque, ese bullicio indecible, es una sinfonía de la diversidad. ¿Por qué, para qué, tanta diversidad?

Las largas exposiciones nocturnas de mi cámara mostraban que incluso allí, en el corazón del Amazonas, había pozos petroleros y pequeños pueblos que quebraban la oscuridad de la noche, proyectando un resplandor rosáceo en el cielo.

Donna Haraway (2016) insiste en que necesitamos historias que nos enseñen a vivir y morir bien en un planeta herido:

El duelo es un camino para comprender la vida y la muerte que compartimos y nos entrelazan; los seres humanos debemos doler, porque somos parte de este tejido que se deshace. Sin una memoria sostenida, no podemos aprender a vivir con los fantasmas y, por lo tanto, no podemos pensar. Como los cuervos y con los cuervos, vivos y muertos, se juega nuestro destino en la compañía de unos y otros.

En nuestras ciudades hiper iluminadas, donde todo se puede distinguir, el misterio del cielo nocturno es devorado por un techo limitado, lechoso, previsible. En lugar del espacio insondable de una noche estrellada, está la luz artificial, el resplandor avasallador de nuestras ciudades y sus lámparas artificiales. Con la claridad recuperamos el control, se retiran los fantasmas y las criaturas invisibles, desaparece la sensación corpórea de que somos en el cosmos, insondables y sin explicación posible. 

La palabra noctalgia es una combinación de nocturno y nostalgia que propone Vanessa Lowe (2024) en su podcast Nocturno. Significa esa profunda nostalgia que sentimos los habitantes de la ciudad, separados de la noche y sus sutiles chispas cósmicas, distanciados de la naturaleza salvaje, indómita, oscura, telúrica.

Las narraciones restituyen la complejidad y nos permiten imaginar modos de coexistencia. Existe un mundo más allá de lo humano, una sinfonía de criaturas invisibles que no nos necesitan para existir y que, sin embargo, nos sostienen. La mayor arrogancia humana es creer que somos los protagonistas del relato.

Referencias

Cormack, M. (2009). The economics of devotion: Vows and indulgences in medieval Iceland. Viking and Medieval Scandinavia, 5, 41–63. http://www.jstor.org/stable/45019119

Corral Vega, P. (2013). Un jardín para Carolina. En Jardines silvestres del Ecuador (p. 8). Harmonia Terra.

Ghosh, P. (2012, 31 de enero). Humble moss helped to cool Earth and spurred on life. BBC News. https://www.bbc.com/news/science-environment-16814669

Haraway, D. J. (2016). Staying with the trouble: Making kin in the Chthulucene. Duke University Press.

Kimmerer, R. W. (2003). Gathering moss: A natural and cultural history of mosses. Oregon State University Press.

Kristinsson, V. (2026, 9 de febrero). Iceland—Viking settlement, geothermal energy, volcanic activity. Encyclopaedia Britannica. Recuperado el 13 de febrero de 2026 de https://www.britannica.com/place/Iceland/History#ref662192

Lowe, V. (2024, 1 de junio). Noctalgia [Podcast]. Nocturne. https://www.nocturnepodcast.org/noctalgia/Selvogur, Ölfus, Strandarkirkja Church—Mysteries of Iceland. (s. f.). Mysteries of Iceland. Recuperado el 13 de febrero de 2026 de https://mysteriesoficeland.com/greinar/strandarkirkja