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Ruinas forestales: memoria indígena en la megalópolis de São Paulo

En São Paulo, la mayor ciudad de América Latina, el bosque no desapareció, solo fue cubierto por concreto. Allí, en medio de autopistas, edificios y un entorno cosmopolita de 21 millones de habitantes, sobreviven aldeas guaraníes que preservan lengua, espiritualidad y territorio. La ciudad creció sobre ellos sin mirarlos, y esa invisibilidad —más que la distancia física— es la verdadera ruina que Rafael Vilela decidió documentar en poderosas imágenes de resiliencia.

Tenía 31 años cuando descubrió que los pueblos originarios seguían habitando la ciudad donde nació. “Me tomó 31 años lograr saber que aún están acá en la ciudad los guaraníes”, admite. La revelación no fue solo histórica; fue personal. ¿Cómo es posible crecer en una metrópoli y no saber sobre el territorio que la sostiene?

Vilela nació en 1989, en São Paulo. Hijo de padres progresistas y políticamente activos, creció rodeado de debates sociales. Pero fue la timidez lo que terminó moldeando su mirada. A los 16 años encontró en la cámara una herramienta para romper el silencio. “La fotografía me permitió romper con la timidez y llegar donde yo no podría”, dice. La define como una “excusa sin culpa”: un permiso para entrar, escuchar, observar.

En su casa había libros de Sebastião Salgado. Esas imágenes, recuerda, le enseñaron que el mundo no era un lugar armónico, que había contradicción, dolor, desigualdad. Comprendió que su realidad de clase media no era el mundo entero. 

Estudió diseño gráfico para sostenerse económicamente, consciente de que el tipo de fotografía que quería hacer no tenía mercado. “Yo sabía que en la fotografía que quería hacer no había interés comercial”, afirma. El diseño le dio estructura, gestión y autonomía en una época en la que las redacciones comenzaban a desmoronarse.

Fue fundador de Media Ninja, un colectivo que revolucionó la cobertura independiente en Brasil durante la década de 2010. Diez años de activismo mediático, de ocupar las calles, de acompañar movimientos sociales. Pero en 2019 tomó una decisión que redefiniría su camino: volver al campo, al territorio, a la escucha directa. “Volver a poner mi cuerpo a disposición también de la realidad”, explica.

En 2020, una amenaza concreta aceleró ese regreso. La comunidad guaraní enfrentaba la posible pérdida de parte de su territorio sin consulta previa. Vilela acudió a documentar la ocupación y terminó acampando durante semanas. Lo que comenzó como cobertura se ha transformado en una relación de seis años. 

“Ahora son seis años haciendo esta documentación y aún aprendiendo mucho… Aún estoy llegando”. La fotografía dejó de ser el centro; la relación, la confianza y el tiempo se convirtieron en la verdadera obra.

El proyecto fue presentado por POY LATAM como Ruinas del Bosque, pero el concepto original proviene del pensador indígena Ailton Krenak: “Ruinas Forestales”. No se trata únicamente de árboles derribados, sino de una devastación profunda iniciada con la invasión europea: la ruptura de sistemas de conocimiento, espiritualidades, prácticas agrícolas y formas de vida en equilibrio con la naturaleza. 

“Es la destrucción de un modo de vida que estaba en equilibrio, en balance con la naturaleza”, señala.

En las aldeas guaraníes, ese equilibrio no es una metáfora. Niños descalzos caminan por la tierra roja sin que el barro se perciba como sucio. “No hay una distinción entre humanidad y tierra… es toda una cosa sola”, afirma. Esa vivencia cotidiana confronta el modelo urbano que cree gobernar la naturaleza. 

“La idea del control de la naturaleza… es una gran mentira”, dice, y vincula esa ilusión con “una crisis civilizatoria… que genera una crisis climática”.

Con el tiempo, Vilela entendió que el proyecto no documentaba únicamente a este grupo étnico: “Yo pensaba que estaba documentando la historia de los guaraníes… y después empecé a comprender que estaba documentando la ignorancia blanca que está en mí”. Así, la cámara dejó de ser un instrumento para explicar al otro y se convirtió en una herramienta para desmontar su propia ceguera.

Un arqueólogo le dijo que lo que hacía era “arqueología del tiempo presente”. En un bosque atlántico donde la materia orgánica se degrada, la memoria oral conserva lo que la tierra no retiene. Documentar el presente es preservar el pasado. La lengua guaraní sigue viva; los niños la aprenden antes que el portugués. Cinco siglos después del contacto, la cultura no solo resiste, sino que se expande.

Vilela rechaza tajantemente la narrativa de extinción. “El trabajo que estoy haciendo es sobre la vida; es sobre la fuerza y la potencia de los guaraníes”. Hoy observa avances: el reconocimiento territorial en proceso, mayor visibilidad política indígena y una transformación en la percepción social. “Es un logro de la lucha de los guaraníes… yo soy un aliado más”.

A veinte minutos de su casa, en la zona oeste de São Paulo, puede cruzar hacia una casa de rezo donde casi solo se habla guaraní. Esa proximidad no es casual: es una elección. Su hija crece en la misma ciudad que alberga esa memoria viva y documentar ese territorio no es solo un proyecto profesional; es una forma de dejarle un legado y de enseñarle que la historia no empieza con el concreto.

Desde esa experiencia, proyecta su mirada hacia pueblos de reciente contacto en la Amazonía, convencido de que allí hay claves para enfrentar la crisis contemporánea. Si algo aprendió de los guaraníes es que el futuro no se construye dominando la tierra, sino reconociéndose parte de ella.

Las ruinas forestales no son solo vestigios del pasado; son heridas abiertas y, al mismo tiempo, semillas de continuidad. Porque en el corazón de la megalópolis, el bosque aún respira y con él, una memoria que no pide permiso para existir.