São Paulo, Brasil. 10 de marzo de 2020. Ray Para Poty, un guerrero indígena, recibe la bendición de un chamán guaraní antes de enfrentarse a la Policía Militar de São Paulo en un posible enfrentamiento para proteger el territorio de Jaraguá de la construcción de decenas de edificios residenciales de varios pisos. *Esta imagen y su reproducción se realizaron con el pleno consentimiento informado de la persona fotografiada, su familia y la comunidad guaraní-mbyá.
São Paulo, Brasil. 23 de agosto de 2023. Un incendio forestal azota la tierra indígena guaraní en Pico do Jaraguá. Tres años después del histórico incendio de 2020, la brigada de bomberos guaraní, vestida con trajes amarillos, responde rápidamente para contener los brotes. Estos incendios son cada vez más frecuentes, alimentados por el aumento de las temperaturas debido al calentamiento global, y amenazan a las nueve aldeas que rodean el pico.
São Paulo, Brasil. 7 de marzo de 2020. Un niño guaraní nada en un río cerca de su aldea, un lugar donde sus padres y abuelos solían nadar. Esta fuente de agua vital ahora se está desviando hacia tuberías, a medida que la expansión urbana y el desarrollo inmobiliario de São Paulo invaden su territorio.
São Paulo, Brasil. 26 de octubre de 2023. Rafael Kaje, de 24 años, es un artista LGBT y TikToker con miles de seguidores de la aldea de Pyau. En sus redes sociales, comparte contenido que destaca la vida cotidiana de la comunidad guaraní y explora el impacto de la expansión urbana en su cultura, desafiando los estereotipos y conceptos erróneos sobre su pueblo y su forma de vida.
São Paulo, Brasil. 25 de junio de 2021. La comunidad guaraní ocupa la autopista Bandeirantes, de diez carriles, en protesta contra un proyecto de ley que podría despojarlos de sus tierras en el pico Jaraguá. Esta importante vía, que atraviesa su territorio, es una de las más grandes del país. La manifestación interrumpe el tráfico y atrae la atención nacional.
São Paulo, Brasil. 21 de junio de 2020. Thiago Karaí Kekupe, un joven jefe guaraní mbya, lucha contra un incendio cerca de la aldea de Itakupe junto a sus compañeros. Durante este histórico incendio de origen desconocido, que consume casi 18 hectáreas de bosque, los guaraníes trabajan sin descanso durante horas, a pesar de carecer de formación técnica o del equipo adecuado.
São Paulo, Brasil. 24 de junio de 2020. Manuela Vidal, de 6 años, residente de la aldea de Itakupé en São Paulo, observa las secuelas de un devastador incendio que arrasó las tierras guaraníes.
São Paulo, Brasil. 30 de junio de 2021. Anderson Vilar Martim, de 35 años, un guerrero guaraní, iza una bandera hecha con plástico desechado en la cima del pico Jaraguá, el punto geográfico más alto de São Paulo. Acompañado por cientos de indígenas de las aldeas cercanas del Territorio Indígena Jaraguá, la protesta tiene como objetivo interrumpir las señales de teléfono y televisión, poniendo de relieve la creciente amenaza legislativa a sus derechos territoriales.
São Paulo, Brasil. 14 de agosto de 2020. Un grupo de jóvenes guaraníes de la aldea de Pyau juega al fútbol durante el aislamiento social provocado por la pandemia. En la parte superior, la autopista Bandeirantes, llamada así por los colonizadores portugueses y sus descendientes en São Paulo, atraviesa el paisaje. Construida en la década de 2000, la autopista fragmentó su territorio y creó una barrera biológica que interrumpe el movimiento de las especies silvestres.
São Paulo, Brasil. 15 de agosto de 2020. Niños guaraníes mbya juegan en la aldea de Pyau, en São Paulo. La escuela guaraní de Jaraguá es bicultural y ofrece un plan de estudios que combina los conocimientos ancestrales indígenas con la cultura occidental.
São Paulo, Brasil. 13 de marzo de 2024. Un perezoso desorientado es rescatado por un grupo de indígenas guaraníes mbya mientras intentaba cruzar la autopista Bandeirantes, en el límite de la Tierra Indígena Jaraguá. Este fue el segundo perezoso rescatado en una situación similar en menos de un mes en la aldea de Pindomirim.
São Paulo, Brasil. 11 de agosto de 2020. Un árbol quemado por un incendio forestal en la Tierra Indígena Jaraguá, cerca de la aldea de Itakupe. Los líderes guaraníes sospechan que los incendios pueden haber sido provocados deliberadamente para promover la expansión urbana.
São Paulo, Brasil. 7 de marzo de 2020. Una madre guaraní baña a su hijo en un río cerca de la aldea de Pyau, en la Tierra Indígena Jaraguá. *Esta imagen y su reproducción se acordaron con el pleno consentimiento de la familia del niño y de la comunidad.
Sorocaba, Brasil. 21 de agosto de 2020. Una casa guaraní se alza en medio de una plantación de eucaliptos en la aldea Guyra Pepó, situada en el campo. El estado de São Paulo establece la aldea Guyra Pepó como compensación para la comunidad guaraní de Jaraguá Peak, 20 años después de que una carretera dividiera su territorio en la década de 2000.
São Paulo, Brasil. 19 de agosto de 2020. Emilia Kaxuka, de 110 años, y su esposo pasan la tarde fuera de su casa en la aldea de Itakupe. Emilia es la anciana guaraní más longeva de la comunidad. Durante la pandemia, buscó refugio en una zona más remota del territorio guaraní Mbyá en Jaraguá, alejándose de la expansión urbana y la amenaza de contagio. Emilia atribuye su salud y longevidad al mantenimiento de la dieta tradicional guaraní, basada en alimentos ancestrales cultivados en el territorio de Jaraguá, como el avaxi (maíz), el jety (batata), el jejy (palmitos), el manjio (yuca) y el manduvi (cacahuetes).
São Paulo, Brasil. 27 de noviembre de 2024. Neusa Quadros, de 35 años, líder de la aldea de Pindomirim, posa para una foto mientras fuma su pipa de petyngua dentro de la casa de oración.
São Paulo, Brasil. 19 de agosto de 2023. El funeral de Brayan Ribeiro da Silva, un joven guaraní de 15 años que presuntamente fue atropellado por un vehículo en la autopista Bandeirantes, que atraviesa la Tierra Indígena Jaraguá en São Paulo. *Esta imagen y su reproducción se acordaron con el pleno consentimiento de los niños, sus familias y la comunidad.
São Paulo, Brasil. 12 de diciembre de 2024. Restos de una hoguera dentro de la casa de oración guaraní en la aldea de Pyau.
São Paulo, Brasil. 8 de octubre de 2023. Maysa Kerexu Aquiles Benites, de 15 años, está de parto en la casa de oración de la aldea de Pindomirim, en São Paulo. El parto no puede realizarse según la tradición guaraní, por lo que la llevan al hospital más cercano. En el camino, su hijo nace en la autopista Anhanguera. Anhanguera, otra carretera que atraviesa su territorio, se llama «El camino del diablo» en guaraní, ya que en su día fue utilizada por los colonizadores y los bandeirantes para cazar y esclavizar a los indígenas.
São Paulo, Brasil. 24 de agosto de 2024. La ciudad de São Paulo está envuelta en el humo de los incendios de los bosques del Amazonas y el Pantanal durante el invierno, lo que crea una atmósfera brumosa con un sol anaranjado que, durante semanas, oscurece el cielo de la megaciudad. Durante los incendios, São Paulo se clasificó como la gran ciudad con la peor calidad del aire del mundo durante cinco días consecutivos, según IQAir.
En São Paulo, la mayor ciudad de América Latina, el bosque no desapareció, solo fue cubierto por concreto. Allí, en medio de autopistas, edificios y un entorno cosmopolita de 21 millones de habitantes, sobreviven aldeas guaraníes que preservan lengua, espiritualidad y territorio. La ciudad creció sobre ellos sin mirarlos, y esa invisibilidad —más que la distancia física— es la verdadera ruina que Rafael Vilela decidió documentar en poderosas imágenes de resiliencia.
Tenía 31 años cuando descubrió que los pueblos originarios seguían habitando la ciudad donde nació. “Me tomó 31 años lograr saber que aún están acá en la ciudad los guaraníes”, admite. La revelación no fue solo histórica; fue personal. ¿Cómo es posible crecer en una metrópoli y no saber sobre el territorio que la sostiene?
Vilela nació en 1989, en São Paulo. Hijo de padres progresistas y políticamente activos, creció rodeado de debates sociales. Pero fue la timidez lo que terminó moldeando su mirada. A los 16 años encontró en la cámara una herramienta para romper el silencio. “La fotografía me permitió romper con la timidez y llegar donde yo no podría”, dice. La define como una “excusa sin culpa”: un permiso para entrar, escuchar, observar.
En su casa había libros de Sebastião Salgado. Esas imágenes, recuerda, le enseñaron que el mundo no era un lugar armónico, que había contradicción, dolor, desigualdad. Comprendió que su realidad de clase media no era el mundo entero.
Estudió diseño gráfico para sostenerse económicamente, consciente de que el tipo de fotografía que quería hacer no tenía mercado. “Yo sabía que en la fotografía que quería hacer no había interés comercial”, afirma. El diseño le dio estructura, gestión y autonomía en una época en la que las redacciones comenzaban a desmoronarse.
Fue fundador de Media Ninja, un colectivo que revolucionó la cobertura independiente en Brasil durante la década de 2010. Diez años de activismo mediático, de ocupar las calles, de acompañar movimientos sociales. Pero en 2019 tomó una decisión que redefiniría su camino: volver al campo, al territorio, a la escucha directa. “Volver a poner mi cuerpo a disposición también de la realidad”, explica.
En 2020, una amenaza concreta aceleró ese regreso. La comunidad guaraní enfrentaba la posible pérdida de parte de su territorio sin consulta previa. Vilela acudió a documentar la ocupación y terminó acampando durante semanas. Lo que comenzó como cobertura se ha transformado en una relación de seis años.
“Ahora son seis años haciendo esta documentación y aún aprendiendo mucho… Aún estoy llegando”. La fotografía dejó de ser el centro; la relación, la confianza y el tiempo se convirtieron en la verdadera obra.
El proyecto fue presentado por POY LATAM como Ruinas del Bosque, pero el concepto original proviene del pensador indígena Ailton Krenak: “Ruinas Forestales”. No se trata únicamente de árboles derribados, sino de una devastación profunda iniciada con la invasión europea: la ruptura de sistemas de conocimiento, espiritualidades, prácticas agrícolas y formas de vida en equilibrio con la naturaleza.
“Es la destrucción de un modo de vida que estaba en equilibrio, en balance con la naturaleza”, señala.
En las aldeas guaraníes, ese equilibrio no es una metáfora. Niños descalzos caminan por la tierra roja sin que el barro se perciba como sucio. “No hay una distinción entre humanidad y tierra… es toda una cosa sola”, afirma. Esa vivencia cotidiana confronta el modelo urbano que cree gobernar la naturaleza.
“La idea del control de la naturaleza… es una gran mentira”, dice, y vincula esa ilusión con “una crisis civilizatoria… que genera una crisis climática”.
Con el tiempo, Vilela entendió que el proyecto no documentaba únicamente a este grupo étnico: “Yo pensaba que estaba documentando la historia de los guaraníes… y después empecé a comprender que estaba documentando la ignorancia blanca que está en mí”. Así, la cámara dejó de ser un instrumento para explicar al otro y se convirtió en una herramienta para desmontar su propia ceguera.
Un arqueólogo le dijo que lo que hacía era “arqueología del tiempo presente”. En un bosque atlántico donde la materia orgánica se degrada, la memoria oral conserva lo que la tierra no retiene. Documentar el presente es preservar el pasado. La lengua guaraní sigue viva; los niños la aprenden antes que el portugués. Cinco siglos después del contacto, la cultura no solo resiste, sino que se expande.
Vilela rechaza tajantemente la narrativa de extinción. “El trabajo que estoy haciendo es sobre la vida; es sobre la fuerza y la potencia de los guaraníes”. Hoy observa avances: el reconocimiento territorial en proceso, mayor visibilidad política indígena y una transformación en la percepción social. “Es un logro de la lucha de los guaraníes… yo soy un aliado más”.
A veinte minutos de su casa, en la zona oeste de São Paulo, puede cruzar hacia una casa de rezo donde casi solo se habla guaraní. Esa proximidad no es casual: es una elección. Su hija crece en la misma ciudad que alberga esa memoria viva y documentar ese territorio no es solo un proyecto profesional; es una forma de dejarle un legado y de enseñarle que la historia no empieza con el concreto.
Desde esa experiencia, proyecta su mirada hacia pueblos de reciente contacto en la Amazonía, convencido de que allí hay claves para enfrentar la crisis contemporánea. Si algo aprendió de los guaraníes es que el futuro no se construye dominando la tierra, sino reconociéndose parte de ella.
Las ruinas forestales no son solo vestigios del pasado; son heridas abiertas y, al mismo tiempo, semillas de continuidad. Porque en el corazón de la megalópolis, el bosque aún respira y con él, una memoria que no pide permiso para existir.