Demotanasia: la Galicia rural se apaga en silencio
Por Pamela Cruz/Terra 360
En las montañas húmedas del noroeste de España, donde la niebla se aferra a los tejados de pizarra y las casas se dispersan entre prados y bosques, el fotógrafo gallego Adra Pallón ha construido una obra que duele. Con Demotanasia, la serie con la que fue reconocido en POY LATAM, documenta la lenta desaparición del mundo rural gallego: aldeas que se vacían, chimeneas sin humo, calendarios detenidos en los años noventa.
La palabra que da título al proyecto no habla solo de despoblación. Pallón describe un proceso más profundo: el fin de una cultura arraigada a la tierra. “Vas viendo aldea tras aldea que no va quedando ninguna casa habitada”, explica. A veces queda solo una persona mayor; cuando vuelve a visitarla, ya no está. “No simplemente se cierra una casa, digamos que se pone punto y final a una cultura”.
Galicia —región de identidad, lengua y memoria propias— conserva una geografía fragmentada. No hay pueblos compactos, sino grupos de dos o tres casas separados por kilómetros de monte. Esa dispersión, que durante siglos sostuvo una economía agrícola y ganadera de pequeña escala, hoy amplifica el aislamiento.
El origen del proyecto es íntimo. Su abuela, viuda y sola en una aldea cercana a la ciudad, cayó una mañana fría y húmeda. Permaneció horas en el suelo hasta que una vecina la encontró. “Eso me amarró”, recuerda. A partir de entonces comenzó a recorrer territorios más alejados, algunos a apenas cien kilómetros en línea recta, pero a varias horas de distancia por carreteras montañosas. Empezó a fotografiar con mayor intensidad entre 2017 y 2018, y el proyecto se ha extendido hasta hoy.
Las imágenes de Demotanasia son sobrias: interiores en penumbra, retratos de ancianos, casas en ruina. Aunque los incendios forestales ocupan titulares cada verano, Pallón quiso ir más allá de la espectacularidad. “Un poco la idea era hacer una vinculación y hablar de por qué está sucediendo esto de los incendios forestales, o sea, vincular los problemas medioambientales con los problemas sociales y demográficos que ya vienen desde muchísimos años atrás”.
Su conclusión es dura. “Es bastante desolador”, dice. El abandono rural iniciado masivamente a mediados del siglo XX se aceleró entre los años noventa y principios de los 2000. Los calendarios colgados en las cocinas le revelaban el año exacto en que una casa quedó vacía. Hubo un momento en que solo bajaba de la furgoneta si veía humo salir de una chimenea.
Para Pallón, la pérdida no es únicamente demográfica. Se extinguen palabras, formas de nombrar un objeto de una ladera a otra, relatos transmitidos oralmente. “La diversidad es donde radica la riqueza”, afirma. Sin embargo, evita romantizar el pasado. La vida rural gallega era físicamente dura, marcada por el frío y el trabajo extremo en una tierra húmeda y montañosa. Reconoce que el avance tecnológico alivió cargas, aunque el costo cultural haya sido alto.
Nacido en 1992 en Lugo —una ciudad que define como “una aldea grande”— creció entre la urbe y el campo. Estudió Ingeniería y Física antes de que la fotografía apareciera casi por azar. En sus inicios creía firmemente en su poder transformador. Con el tiempo, su mirada se volvió más compleja. “Me interesa mucho el poder de la imagen en el sentido de generar preguntas”, sostiene. Para él, la fotografía sugiere; las respuestas deben buscarse después.
Su trabajo más reciente, incluido el libro LUMES, profundiza en esa exploración del territorio gallego. Actualmente desarrolla dos nuevos proyectos editoriales: uno sobre los caballos salvajes que habitan los montes y actúan como agentes naturales frente a los incendios, y otro sobre la costa quebrada de Galicia, cuyos más de 2,500 kilómetros la convierten en una de las más extensas y complejas de Europa.
Pallón trabaja casi exclusivamente en Galicia: “para mí es como un lugar muy diferente”, dice. Incluso subraya su cercanía cultural con el norte de Portugal más que con el sur de España.
En sus fotografías, la niebla no es solo clima, es una atmósfera persistente que envuelve casas vacías y rostros marcados por el tiempo. Su obra se ha convertido en un archivo visual de lo que desaparece. Y cuando se le pregunta si estamos ante la muerte anunciada del mundo rural gallego, responde sin rodeos: “Sí, yo creo que sí”.




















