De una isla sin pandillas a la prisión del régimen de Bukele: el viaje interminable hacia Mariona

Desde la calle, un cobrador grita casi cantado: “¡San Salvador, San Salvador!”

Ese grito es la señal que Yanira necesita. No hay tiempo para pensar demasiado. Sube por reflejo, porque eso es lo que ha aprendido: si dicen San Salvador, es ese el bus que debe tomar. No sabe leer, por eso no busca números ni rótulos. Desde ahí continuará hasta “Mariona”— Centro Penal La Esperanza—, para entregar el paquete alimenticio a su hijo, Saúl Blanco, exfutbolista de la selección de playa, quien en 2008, en Marsella, durante el Mundial de Fútbol Playa, anotó un gol histórico. Hoy está recluido en una cárcel de El Salvador. Carolina y Matilde suben con ella; las tres avanzan juntas entre empujones y motores encendidos. 

Para estar ahí, el trayecto empezó mucho antes. Yanira se levantó a las tres de la madrugada, como cada vez que viaja a San Salvador. Lo primero que hizo fue doblar las rodillas y orar a su Dios. Luego se bañó, se vistió y dejó preparada la comida para su esposo, que padece diabetes.

Minutos antes de las cinco, Matilde grita desde afuera, desde la calle polvorienta: —¡Yanira! ¡Yanira!
 —¿Qué fue? —responde ella.
 Todavía es de noche. Yanira enciende la luz y la deja entrar. Tres minutos después aparece Carolina, la que vive más lejos.

Esta vez el viaje cayó entre semana. Justo cuando el reloj marca las cinco de la mañana suena la alarma de la Asociación Cooperativa de Producción Agropecuaria El Jobal de R. L., la principal fuente de trabajo de la isla, donde también trabajaba Saúl Blanco como ganadero. A esta hora, entre la oscuridad, las tres toman un mototaxi que las lleva a un pequeño puerto improvisado. Desde ahí abordan una lancha para salir de la isla El Espíritu Santo.

La mayoría de las más de mil personas que habitan la isla sobreviven trabajando en la cooperativa. Ubicada dentro del conjunto de islas de la bahía de Jiquilisco, en el municipio de Puerto El Triunfo, Usulután, El Espíritu Santo es conocida como la isla de los cocos, su principal fuente de producción. Quienes no trabajan para El Jobal sostienen pequeños emprendimientos. Es el caso de Yanira, que compra cocos a la cooperativa para hacer dulces —un oficio que aprendió en una capacitación hace años— y leche para elaborar queso y vender. 

Las tres trabajan como pueden, con lo que hay, para reunir el dinero necesario para el paquete alimenticio y de higiene de sus familiares. Carolina trabaja haciendo dulces para otra habitante de la isla y, por las tardes, prepara antojitos en la casa de su madre, donde vive desde la captura de su esposo, Cristian Pineda, el 3 de julio de 2022. Mientras que Matilde cuida a una persona mayor y ahorra para comprar el paquete de su hijo, Cristian, detenido durante el régimen de excepción.

El régimen de excepción fue aprobado en El Salvador en marzo de 2022 como una medida del Ejecutivo para enfrentar a las pandillas, tras una escalada de homicidios. Desde entonces, con 47 prórrogas consecutivas, se han suspendido garantías constitucionales como el derecho a la defensa inmediata, la inviolabilidad de las telecomunicaciones y los plazos máximos de detención administrativa. La medida ha provocado miles de detenciones extrajudiciales, muchas basadas únicamente en la sospecha o en la apariencia de pertenecer a una estructura criminal.

Organizaciones de derechos humanos han documentado capturas masivas, detenciones arbitrarias, violaciones de derechos, torturas y obstáculos para que las familias accedan a información sobre sus parientes recluidos. En su informe más reciente, Socorro Jurídico Humanitario documentó la muerte de 470 personas bajo custodia estatal durante el régimen de excepción; el 94% no tenía vínculos con pandillas, según la organización. 

La isla El Espíritu Santo no ha registrado presencia de pandillas, según investigaciones, autoridades y los propios habitantes. A pesar de ello, al menos 24 personas han sido capturadas desde la aprobación del régimen de excepción, acusadas de pertenecer a estructuras criminales. De esas, 17 siguen en prisión y 7 han sido liberadas. Entre los que siguen detenidos está Saúl Blanco, exfutbolista de la selección de fútbol playa, quien en 2008 fue parte del equipo que llevó a El Salvador a un Mundial y marcó un gol histórico. Fue capturado el 31 de mayo de 2022 y actualmente se encuentra recluido en el Centro Penal La Esperanza, conocido como Mariona.Su detención es considerada injusta por sus familiares y vecinos. Hasta la fecha, el Estado no ha presentado pruebas públicas que demuestren su pertenencia a una pandilla o estructura criminal.

En este contexto, la entrega de paquetes alimenticios y de higiene se ha convertido en uno de los pocos vínculos entre las personas detenidas y sus familias. Por eso, cada viaje empieza temprano. Las lanchas salen de la isla El Espíritu Santo rumbo al Puerto El Triunfo, que la conecta con tierra firme. A las 5:30 de la mañana, ya con el amanecer asomando, Yanira, Matilde y Carolina llegan al puerto.Caminan unos diez minutos hasta una parada de buses para tomar el primero del día, el que las saca a la carretera principal. Saben que deben bajarse en la gasolinera.

Ahí esperan atentas. Escuchan. El motorista grita “San Salvador” segundos antes de detenerse. Apenas se detiene, se suben.  “Yo no me ando fijando en la ruta. Con solo que gritan que van para San Salvador, yo me trepo”, dice Yanira. “Como yo no sé leer, ‘enantes’ no me he perdido en esos lugares”, agrega.  En realidad, Yanira no sabe la ruta que toma, pero Carolina está pendiente y es quien las orienta. De las tres, solo Carolina sabe leer.  El trayecto dura más de dos horas. 

El bus llega a la Terminal de Oriente. Ahí toman un café como desayuno, si es que no andan ajustadas de dinero. Si no, siguen su camino y toman su tercer bus. Esta ruta sí se la sabe Yanira. Asegura que es la 26, la que las lleva al centro de San Salvador. Las tres tienen casi cuatro años de estar viajando juntas para entregar los paquetes a sus familiares cada quince días. Sin embargo, no siempre es cada quince días: a veces se les hace difícil ajustar el dinero necesario. Si alguna no lo tiene, las otras la esperan. Esperan a que reúna lo necesario y entonces viajan juntas.

Desde la implementación del régimen, familiares de los privados de libertad, cada periodo de tiempo, dependiendo de sus posibilidades, proveen de paquetes a sus familiares detenidos. Un paquete con productos de higiene y comida para una persona capturada puede tener un costo aproximado de 150 dólares mensuales. Sin embargo, los familiares —en su mayoría mujeres— no siempre logran reunir este dinero. En los alrededores de Mariona, los precios varían desde 75 dólares para los insumos básicos hasta 270 dólares por lo que los mismos comerciantes llaman un “paquete completo”. 

Yanira es una mujer de 56 años que, desde que su hijo fue capturado, ha tenido que volver a trabajar y hacer de todo para ganar dinero y proveerle. El paquete que ella le compra tiene un valor de 80 dólares; además, le deposita unos 140 dólares a través del SIPE, el Sistema de Información Penitenciaria, donde los familiares que pueden depositan dinero para que las personas detenidas compren en las tiendas penitenciarias, situadas dentro de los penales. Por su parte, Carolina, además de trabajar para proveer a su esposo, también lo hace para mantener a sus hijas.

Al llegar al centro de San Salvador toman el último bus. Pocos minutos después, por fin llegan a Mariona, seis horas después de haber iniciado su viaje. Apresuradas, bajan, pues el bus apenas se detiene para que los pasajeros desciendan. Son recibidas por mujeres que las llaman —como llaman a todas las personas que pasan por la zona— para que vayan a sus tiendas a comprar las cosas necesarias para armar los paquetes de sus familiares. El sol y el calor comienzan a hacerse notar. Son las 11:00 de la mañana.

Sin perder tiempo, Yanira, Matilde y Carolina van a las puertas del penal para preguntar por sus familiares y si hay alguna noticia sobre ellos, o si necesitan algún medicamento. Las respuestas, sin embargo, siempre son escuetas.

Saúl Blanco padece una enfermedad crónica que requiere medicación constante, según ha denunciado su familia. Desde su captura, Yanira no ha logrado entregarle de forma regular los medicamentos que necesita, pese a haberlo solicitado en reiteradas ocasiones. Además, el Centro Penal La Esperanza, conocido como Mariona, no ha cumplido con una orden del Juzgado Primero de Vigilancia Penitenciaria, que indicó —por recomendación del Instituto de Medicina Legal (IML)— que se “evaluara de manera ambulatoria” a Saúl Blanco, quien padece dos enfermedades.

En abril de 2023 corrió un rumor que aseguraba que Saúl había muerto. Era falso. Aun así, Yanira pidió información en los penales, pero no obtuvo respuestas. Fue hasta que tuvo su audiencia que pudo calmarse, cuando le confirmaron que su hijo estaba vivo.

Con esas incertidumbre a cuestas, después de preguntar en las puertas del penal, se dirigen donde aquellas muchachas que las llaman desde que descienden de los buses. Esas que, si es posible, atraviesan la calle y detienen el tráfico con tal de llevarte a su tienda y que les compres. Ellas siempre van al mismo lugar. Aunque a veces, cuando tienen más tiempo, prefieren ir a un supermercado, porque es más barato.

Pero cada minuto para ellas cuenta. Por eso casi nunca van al supermercado, aunque podría resultar un poco más barato. Saben que detenerse en otro lugar significa regresar aún más tarde a casa.

Las muchachas de la tienda las reciben. Les ofrecen agua y les dan asiento. Una por una les van armando el paquete. La primera en ser atendida es Yanira. Le preguntan por cada cosa que va a llevar, porque el paquete se hace de acuerdo con el presupuesto del que cada persona disponga. Las galletas son sacadas de su envoltorio: unas marcas son más caras que otras, y así van llenando aquella gran bolsa transparente que lleva el nombre completo de su familiar, junto con el sector, y que será entregada en el penal.

Después de que cada una tiene su paquete, cruzan la calle concurrida para hacer la fila y entregarlo. La cola es enorme. El tiempo de espera ronda una hora. Las tres aprovechan para estar juntas. Disfrutan de la compañía. Cada una ha sido el pilar de la otra, aseguran. Entre ellas se protegen, se ayudan, se cuidan y se acompañan. La hora pasa y finalmente entregan el paquete. Pero todavía les falta otra fila: la de los depósitos de dinero para sus familiares. Esta también es larga. Otra hora de espera, si bien les va.

Haber llegado hasta ahí les ha costado unos 10 dólares en viáticos, asegura Yanira. Pero ese es solo el gasto de la ida; la vuelta será igual. El reloj marca las 2:00 de la tarde. Si vivieran cerca, probablemente estarían de regreso a casa, pero para Carolina, Matilde y Yanira, no es así.

Inician el regreso a la isla El Espíritu Santo. El camino es el mismo: cuatro buses, una lancha y una mototaxi que las llevarán de vuelta a su hogar. Suben al primer microbús, cansadas pero dispuestas. A las 6:00 de la tarde, como es costumbre, Yanira recibe la llamada de su esposo. La voz al otro lado pregunta por su camino, por cómo está, por si ya viene cerca. Esta vez, por suerte, el tráfico ha sido leve y no hay mayores contratiempos.

La llamada la calma a ella y a él. El bus llega a la gasolinera, aislada, entre kilómetros de calle y negocios dispersos. Se baja en el mismo punto donde subió horas antes, cuando el motorista gritaba: “San Salvador, San Salvador”. Solo que ahora está del lado contrario de la carretera. Esperan pocos minutos para abordar el último bus que las llevará al puerto, donde abordarán la lancha rumbo a casa.

El regreso parece más lento. Cada parada del microbús se siente más larga, cada curva de la carretera más pesada. Ya casi no hay conversación; el cansancio se siente en los hombros y en las piernas. Son casi las siete de la noche cuando Yanira llega a su casa. Está tan oscuro como cuando salió rumbo a Mariona, catorce horas atrás. Matilde llega de segunda a su casa y Carolina por último. Dentro de quince días —o más, si logran reunir el dinero necesario— volverán a emprender esta misma travesía. Por ahora, solo queda descansar.