Cyborgs andinas reimaginan el futuro
Entrevista por Pamela Cruz/Terra360
A más de 4.000 metros de altura, en la ciudad de El Alto, donde el crecimiento urbano avanza al ritmo del teleférico y las fachadas geométricas se elevan sobre el altiplano, un grupo de mujeres posa con polleras heredadas, tenis urbanos y lentes que reflejan el cielo andino. No es una evocación nostálgica del pasado ni una fantasía futurista importada, es Post humanas y sueños cyborg de + seres en los Andes, el ensayo visual con el que la fotógrafa boliviana Noemí González Cabrera fue galardonada por POY LATAM y que propone un futuro pensado desde la memoria andina.
“Es una manifestación generacional e identitaria”, explica González Cabrera. El proyecto, iniciado en 2023 y concluido a mediados de 2024, surgió como una búsqueda que no es únicamente personal, sino colectiva y genealógica. No solo indaga en sus propias raíces —marcadas por historias mineras del norte de Potosí y tradiciones familiares vinculadas a la región del lago Titicaca— sino también en las de sus compañeras, jóvenes mujeres que habitan una identidad híbrida en una ciudad atravesada por la globalización.
Las protagonistas de la serie —Carla, Pamela, Cristal y, en algunas imágenes, Wendy— no son modelos ni actrices, son amigas y colaboradoras del proceso creativo.
“Son amigas mías… compañeras que he ido conociendo en el camino artístico y en el camino de la escritura”, señala. Juntas imaginan una comunidad futura donde lo andino no se diluye ante la modernidad, sino que dialoga con ella desde su propia agencia.
La chispa conceptual nació en la literatura. La novela De cuando en cuando Saturnina, de la antropóloga Alison Spedding, imagina mujeres cholas andinas capacitadas para viajes espaciales en una Bolivia futura. “Fue la primera inspiración… es solo de mujeres el proyecto, porque en la novela se proyectan esas imágenes”, explica la fotógrafa. A esa referencia se sumaron lecturas sobre transhumanismo y el pensamiento de Donna Haraway.
“Las personas ahora generalmente pueden ser cyborgs porque ya dependen de varios artefactos que están sobre su cuerpo”, afirma. En ese contexto, un par de lentes deja de ser un accesorio trivial y se convierte en extensión tecnológica del cuerpo; un tatuaje que simula un chip sugiere una posible ampliación física. Sin embargo, la tecnología no es el centro del relato; el corazón del proyecto es la comunidad y la capacidad de imaginarse fuera de las miradas coloniales.
Las locaciones refuerzan esa tensión entre lo ancestral y lo contemporáneo. Las fotografías fueron realizadas en el teleférico de El Alto, en terrazas con vista panorámica a una ciudad de expansión acelerada, en Tiwanaku —epicentro arqueológico de una de las culturas más influyentes del altiplano— y en Berenguela, un pueblo remoto al que se llega tras cinco horas de viaje en un bus que parte solo una vez por semana. Allí vive el padre de una de sus compañeras, criador de camélidos.
“Utilizamos lugares con los que estamos familiarizados, donde fluye una historia personal, comunitaria, donde todavía hay prácticas ancestrales que siguen ocurriendo”, narra.
La arquitectura alteña también forma parte del discurso visual. El Alto exhibe edificios multicolores conocidos como “cholets”, donde conviven geometrías audaces, referencias a la cultura pop global y patrones inspirados en iconografía tiwanacota, estética urbana que lejos de borrar lo indígena, lo resignifica.
La indumentaria refuerza esa hibridez. Nada fue alquilado.
“No hemos ido a conseguir polleras ni mantas, sino que lo hemos sacado de nuestras casas”, destaca al señalar que una pollera ̶ falda ̶ combinada con tenis por practicidad, mantas heredadas de madres y abuelas, prendas que forman parte de su vida cotidiana. “Esto es lo que representa ahora mi identidad”. El maquillaje y algunos accesorios fueron producidos para la serie, pero la base del vestuario pertenece a sus propios roperos.
González Cabrera nació en 1998 en La Paz. Aprendió fotografía de manera autodidacta y comenzó a experimentar a los 11 años con cámaras analógicas desechables que recargaba con rollos de 35 milímetros: “En los viajes familiares empezó mi gusto y práctica con la fotografía”.
Estudió Comunicación Social en la Universidad Mayor de San Andrés y actualmente cursa Historia, formación que ha fortalecido su mirada sociológica y etnográfica.
Antes de este proyecto trabajó en registros documentales de subculturas urbanas, comunidades punk y mujeres skaters, pues “No solamente hay que hacer registro, sino que hay que crear imágenes”, reflexiona sobre el giro hacia una construcción más simbólica y conceptual.
El proceso fue colectivo y paciente. Medio año de conversaciones precedió a la primera sesión en el teleférico, luego vinieron los encuentros en Berenguela, Tiwanaku y la terraza de un edificio familiar. El proyecto fue autofinanciado y autogestionado; la selección y edición final se debatió en grupo.
Hoy, la fotógrafa profundiza en investigaciones sobre ontologías andinas y la agencia de lo material. En rituales como la ch’alla —tradición andina que consiste en ofrendar bebidas y bendiciones a la tierra, viviendas o incluso automóviles durante el carnaval— observa cómo objetos tecnológicos son tratados como entidades vivas que acompañan la vida cotidiana.
Esa visión atraviesa toda la serie: cuerpos, paisaje, tecnología y memoria conviven sin jerarquías.
En las imágenes de Post humanas, las mujeres no miran al pasado con nostalgia ni aceptan un futuro impuesto; se sitúan en un presente expandido donde la memoria no es obstáculo para la modernidad, sino su punto de partida.
En El Alto, el porvenir no llega desde laboratorios lejanos: se teje en pollera, se camina con tenis y se proyecta bajo un cielo andino que ha visto imperios caer y renacer. Allí, las cyborgs ya están imaginando lo que viene.

















