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Cumbia: el ritmo que cruzó fronteras y se volvió identidad

La cumbia no pide permiso; entra por las bocinas del barrio, por la ventana del autobús, por la fiesta improvisada en la esquina. Se baila en patios de tierra, en salones comunales, en clubes migrantes de Los Ángeles y, mientras suena, construye algo más que una pista de baile: construye pertenencia. 

Ese es el punto de partida de Cumbia, el proyecto audiovisual de largo aliento de Karla Gachet e Ivan Kashinsky, una travesía por América Latina que sigue el pulso de un género musical hasta convertirlo en mapa de migraciones, periferias y resistencia.

El fragmento filmado en Monterrey —Cumbia En Mi Tierra: Monterrey, México, Cumbia Sonidera— fue reconocido por POY LATAM. Pero el proyecto es más amplio: un recorrido por Colombia, Perú, México, Argentina y Estados Unidos para entender cómo un ritmo nacido en el Caribe colombiano terminó convirtiéndose en uno de los lenguajes culturales más poderosos del continente.

Todo comenzó con una imposibilidad. Gachet se recuperaba de un accidente que le impedía caminar cuando vio la película Ya no estoy aquí y descubrió la cumbia rebajada: “Mi primer impulso fue que yo quería bailar… y no podía”, recuerda. La frustración se convirtió en detonante: si ese ritmo la movía incluso sin poder moverse, algo profundo estaba ocurriendo ahí.

Kashinsky, músico de formación, había vivido con la cumbia durante más de una década en Ecuador antes de mirarla como objeto narrativo. 

“Estaba en los buses, estaba en las fiestas”, dice. Primero fue paisaje sonoro; después, conciencia cultural. “Poco a poco aprendí… la alegría que estaba dando la gente”. Para él, la cumbia era energía antes que teoría.

Con el apoyo de una beca de la National Geographic Society, decidieron seguir el rastro del género desde su origen en Colombia —la región del Magdalena, donde confluyen herencias afro e indígenas— hasta sus transformaciones urbanas y migrantes. En el camino entendieron que la cumbia no viaja sola: la cargan los trabajadores, los desplazados, quienes se mueven buscando futuro.

“Siempre es la clase trabajadora la que ha transportado la cumbia”, afirma Gachet. Y por eso el ritmo ha habitado históricamente las periferias. En Perú se electrificó y se volvió chicha, con guitarras psicodélicas que, en palabras de Kashinsky, puede escuchar “todo el día”. 

En México, los sonideros la convirtieron en red comunitaria, en archivo vivo de vinilos, saludos y grabaciones que cruzaban fronteras; mientras que en Argentina, la cumbia se ancló en el conurbano migrante y en Los Ángeles, se mezcló con rock y cultura chicana.

En Lima, una falla técnica marcó a Kashinsky más que cualquier toma perfecta. Su cámara se sobrecalentó en una noche de chicha y no pudo fotografiar. Solo pudo escuchar: “La música era tan rica y tan fuerte”, recuerda. Sin lente de por medio, entendió la dimensión emocional del proyecto: la gente mayor bailando como si el tiempo no existiera, guitarras que parecían narrar memorias que no están en libros.

Monterrey ofreció otro tipo de intensidad. En la colonia Independencia, los sonideros no solo ponían música: sostenían comunidad. 

“Los sonideros son clave porque ellos trajeron, básicamente, la cumbia a México”, explica Gachet. Grababan fiestas, enviaban saludos a migrantes en Nueva Jersey, convertían la bocina en puente. La música como hilo que cose barrios con diásporas.

Pero fue en Los Ángeles donde la cumbia reveló su fuerza política sin metáforas. Durante una protesta contra ICE, Kashinsky describe una escena de tensión extrema: policías disparando balas de goma, arrestos, miedo colectivo. De pronto, la cumbia comenzó a sonar fuerte. 

“En un rato la protesta era como una fiesta… todo el mundo estaba bailando”, dice. “Di cuenta que tan poderosa la música puede ser… la música era más fuerte de toda la policía”.

Para Gachet, esa potencia tiene raíz personal. Migrante y madre en Estados Unidos, conecta la cumbia con identidad y territorio. “Cuando se te van todos tus territorios, lo único que te queda es tu cuerpo”, afirma. Bailar es ocupar espacio. Es no esconder quién se es. Es orgullo en tiempos donde la identidad latina vuelve a ser cuestionada.

Cumbia no es un homenaje nostálgico. Es un archivo vivo en movimiento. Un proyecto que aún busca cerrar ciclos y devolver el trabajo a las comunidades que lo hicieron posible. 

“Cambió mi vida”, resume Kashinsky. Gachet habla de claridad, de dirección, de seguir contando historias donde la música sea territorio compartido.

Porque la cumbia no terminó en el Caribe colombiano, sigue cruzando fronteras, sigue mutando, sigue encendiendo pistas de baile en medio del caos. Y mientras siga sonando, seguirá recordando que América Latina también se escribe —y se defiende— con ritmo.