Cuba: vida y muerte en el contexto del bloqueo petrolero impuesto por Estados Unidos
Este texto refleja la posición de sus autores y forma parte de una serie de testimonios recogidos durante la Caravana Nuestra América a Cuba, organizada por Global Exchange, aliado de Terra 360. Fue publicado originalmente el 26 de marzo aquí: https://globalexchange.org/life-and-death-under-trumps-oil-blockade/
Los estantes de las farmacias están vacíos. Las calles se oscurecen. Los refrigeradores pierden frío cuando la electricidad vuelve a fallar. Los médicos cuentan dosis. Las familias cuentan comidas. Así se manifiesta el bloqueo estadounidense en Cuba. Es la tensión cotidiana de sostener la vida.
Salimos de Cuba transformados. No porque no esperáramos dificultades, sino por su magnitud, y por la forma silenciosa en que un pueblo, una comunidad, una nación entera ha aprendido a sostenerse en estas condiciones año tras año.
Lo que presenciamos aquí no puede reducirse a titulares ni estadísticas. Está inscrito en la vida cotidiana de la isla: en las largas filas para un transporte que nunca llega, en los hogares que quedan a oscuras sin previo aviso, en pacientes con cáncer que esperan tratamientos postergados, y en la pregunta que muchos repiten: ¿esto es lo peor, o lo peor aún está por venir?
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el secretario de Estado, Marco Rubio, han expresado su intención de impulsar un cambio de régimen en Cuba.
Durante más de tres meses, no ha llegado combustible a la isla.
Ni una sola gota.
El bloqueo petrolero estadounidense está empujando a Cuba hacia una situación humanitaria crítica. Los más vulnerables —recién nacidos, personas mayores y enfermos— enfrentan los mayores riesgos. Lo que se formula en un lenguaje político distante se traduce aquí en privaciones concretas.
Es difícil transmitir lo que esto significa sin verlo directamente. El silencio de calles antes llenas de buses, los barrios en penumbra cuando falla la electricidad, el cansancio visible en los rostros de quienes han tenido que adaptarse una y otra vez a una escasez que no responde a causas naturales.
Y, sin embargo, incluso en medio de un agotamiento profundo, la vida continúa. Las comunidades se organizan. Los maestros regresan a las aulas. Los médicos siguen trabajando. Los vecinos comparten lo poco que tienen. La resiliencia del pueblo cubano es constante, cotidiana y colectiva.
Esta visita a Cuba vuelve difícil el silencio.
Global Exchange viajó a Cuba como parte de la Caravana Nuestra América, un esfuerzo internacional coordinado que reunió a cientos de personas de Estados Unidos, América Latina, Europa y otras regiones en un acto de solidaridad. Comunidades se organizaron, reunieron suministros y coordinaron la entrega de ayuda humanitaria urgente en un momento de escasez severa. Como parte de este esfuerzo, Global Exchange transportó más de 23.000 dólares en medicamentos oncológicos y aproximadamente 770 kilos de ayuda humanitaria, contribuyendo a la entrega de más de 20 toneladas de suministros en distintas comunidades de la isla.
Cuando desaparece el combustible, todo se ralentiza. Luego se detiene.
A primera vista, cortar el suministro de petróleo a Cuba puede parecer una decisión administrativa, tomada en oficinas lejanas. En el terreno, transforma la vida cotidiana en sus niveles más básicos.
Cuba se extiende por casi 800 millas en el Caribe, a apenas 90 millas de las costas de Estados Unidos. El país puede refinar petróleo, pero no produce su propio crudo. Como la mayoría de las naciones, su infraestructura depende del combustible para el transporte, la electricidad, el agua, la agricultura y la salud.
El último envío de petróleo llegó el 9 de enero. Desde entonces, el país opera con reservas cada vez más limitadas.
Cuando el combustible desaparece,
los autos y camiones se detienen.
Las ambulancias quedan inmovilizadas por falta de gasolina.
Los alimentos no llegan de las fincas a los mercados.
Las redes eléctricas fallan, y cuando se corta la electricidad, también se interrumpe el suministro de agua.
Los hospitales cancelan cirugías y envían pacientes a casa porque médicos y enfermeras no pueden desplazarse.
Los efectos se expanden por toda la sociedad.
La vida cotidiana comienza a deteriorarse. Primero lentamente, luego con mayor rapidez.
El impacto del bloqueo energético se mide en sus consecuencias sobre la vida de las personas.
Su efecto recae, en última instancia, sobre la población.
En las últimas semanas, las consecuencias se han intensificado. Sectores enteros de La Habana han quedado a oscuras durante largos periodos. En algunas noches, el apagón alcanza a todo el país. Estuvimos allí durante uno de ellos. Un sábado, la red eléctrica colapsó por tercera vez en marzo. Las calles quedaron en silencio. Los negocios cerraron. Los teléfonos dejaron de funcionar y el internet desapareció. Barrios enteros quedaron sin luz. En nuestra casa, una mesa estaba cubierta de linternas inutilizables por falta de baterías. En refrigeradores de todo el país, los pocos alimentos disponibles comenzaron a echarse a perder. Una amiga nos dijo que ha enfermado repetidamente, obligada a consumir comida en mal estado tras cada apagón.
Los hospitales están diseñados para ser los últimos en perder electricidad, pero incluso ellos son vulnerables durante apagones generalizados. Trabajadores de la salud nos contaron que corrían hacia las camas de bebés y pacientes conectados a ventiladores, operando manualmente los equipos de soporte vital mientras esperaban la activación de los generadores. Estos son momentos que no se miden en debates, sino en segundos. Segundos que pueden determinar la vida de un recién nacido.
Esto plantea preguntas profundas sobre los límites de cualquier política que afecte directamente a la población civil.
Un sistema de salud bajo presión
En hospitales y clínicas, los médicos trabajan con suministros críticamente limitados de medicamentos esenciales, enfrentando decisiones que ningún profesional de la salud debería tener que tomar.
Los médicos con quienes hablamos describieron elecciones difíciles: administrar un tratamiento escaso que puede prolongar brevemente una vida, o reservarlo para otro paciente con mayores probabilidades de sobrevivir.
Frente a estas carencias, el personal de salud improvisa.
Es difícil transmitir plenamente la magnitud del impacto del bloqueo y las medidas extraordinarias que obliga a adoptar para sostener la atención básica. Se adaptan, reparan, reutilizan, inventan.
En uno de los hospitales que visitamos, un niño utilizaba un dispositivo improvisado —hecho con una botella plástica descartada— para recolectar orina, una solución creada ante la falta de insumos médicos adecuados.
La enfermera que nos lo mostró no lo presentó como un logro. Lo sostuvo con cuidado y explicó que eso era lo que tenían. Habló de la responsabilidad de cuidar a niños cuando los recursos se agotan, del temor a cometer errores cuando falta el equipo adecuado, y del agotamiento de trabajar todos los días en estas condiciones.
Ese agotamiento no termina al final de su turno. A menudo regresa a un departamento a oscuras, sin poder cocinar porque la electricidad ha vuelto a fallar. A veces, la luz regresa en la madrugada por unas pocas horas. Entonces se levanta, cocina lo que puede, prepara comida para sus hijos y para su jornada laboral, y vuelve a acostarse antes de que comience el día siguiente.
En el hospital oncológico que visitamos, la situación es crítica.
Hoy, 96.000 cubanos esperan una cirugía. Aproximadamente 11.000 son niños. Los médicos explicaron que unos 16.000 pacientes con cáncer requieren radioterapia y están viendo interrumpidos sus tratamientos, no por falta de médicos o conocimientos, sino por la dificultad creciente para acceder a los recursos necesarios.
Los profesionales de la salud están disponibles. Los hospitales siguen funcionando. La voluntad de atender existe. Pero cuando se restringen medicamentos, combustible, repuestos y equipos, incluso un sistema preparado encuentra límites para sostener su función: salvar vidas.
El silencio no es una opción
El sufrimiento derivado del bloqueo estadounidense contra Cuba no está oculto. Es visible para quien quiera mirar de cerca: en las salas de los hospitales, en las farmacias con estantes vacíos y en los cálculos cotidianos que hacen las familias para sostener su vida.
Como señalamos a The Nation, las políticas impuestas a Cuba no son únicamente medidas económicas; son condiciones que inciden directamente en el funcionamiento de los hospitales, en el acceso de los pacientes a tratamientos y en la capacidad de las familias para cubrir sus necesidades más básicas.
Se expresa en vidas interrumpidas, tratamientos retrasados y sistemas llevados al límite.
Por eso, guardar silencio no es una opción.
Mientras persista el bloqueo
En respuesta a las solicitudes de nuestros socios en Cuba y de las comunidades que visitamos, estamos impulsando las siguientes acciones:
Organizar nuevas delegaciones solidarias a Cuba en abril, junio y septiembre, con otras por venir, cada una llevando ayuda humanitaria.
Una y otra vez, escuchamos lo mismo: Vengan si pueden. Vengan a ver por ustedes mismos. Acompáñennos. Y regresen con lo que han visto.
Enviar envíos mensuales de ayuda a Cuba. Estos llegarán a hospitales, proyectos comunitarios y familias que enfrentan escasez sostenida.
Construir un punto local de apoyo en San Francisco.
Estamos comenzando la recolección de donaciones en nuestra oficina, conectando comunidades aquí con familias allá.
Recaudar fondos a nivel nacional para adquirir y entregar insumos urgentes.
Para quienes no están en el área de la Bahía, las contribuciones en línea permitirán sostener este esfuerzo humanitario.
Llevar estas preocupaciones directamente a Washington, D.C.
En las próximas semanas compartiremos formas de acompañar este proceso.
Y este trabajo continuará.
Poner fin a los bloqueos.
Superar medidas que afectan gravemente a las poblaciones civiles y fragmentan comunidades.
Garantizar el acceso a lo básico.
Desde Cuba hasta otras regiones del mundo, la dignidad, la soberanía y la posibilidad de vivir deberían ser principios compartidos.
Hay recursos suficientes para todos.
