De tigres, corazones y masculinidades
Un tigre, un gesto militar y la bandera de Colombia son algunos de los símbolos que Abelardo de la Espriella ha utilizado durante su campaña presidencial. En sus afiches aparece con la mirada fija en el horizonte y un semblante imperturbable. Su cuerpo transmite control. Su postura sugiere vigilancia. No sonríe. No duda. Tiene ojos, pero no ve. Tiende oídos, pero no escucha. Tiene tacto, pero no siente.
Luego de la primera vuelta presidencial muchas personas quedaron sorprendidas, pues lo que durante meses parecía solo una extravagancia mediática terminó convirtiéndose en una marea política capaz de movilizar a diez millones de colombianos. La pregunta en este caso no es solo quien es Abelardo de la Esperilla, sino qué deseos, miedos y expectativas logra representar. Me interesa especialmente una paradoja. ¿Cómo una figura que en distintos momentos ha sido percibida como distante de expresiones culturales cotidianas del país, que se ha mostrado como una figura violenta y ha cometido actos machistas, logra encarnar una idea de nación para millones de personas? ¿Por qué tantos colombianos encuentran en él una representación legítima de sus anhelos?
Como el mismo ha insistido, es abogado, pero uno que se ha lucrado defendiendo a “los malos del paseo”. Fue el abogado defensor Álvaro Javier Gámez Torres, pastor evangélico de la iglesia Salem de Pasto, señalado en 2012 por 23 mujeres de haber cometido delitos sexuales, acceso carnal abusivo y violación mediante manipulación psicológica y espiritual. Durante las audiencias públicas, De la Espriella argumentó que las relaciones sexuales fueron consensuadas y afirmó textualmente: “que estas mujeres sean unas trepadoras no es un problema del derecho”. Adicionalmente, el bufete del actual candidato presidencial representó a Alex Saab, investigado en Colombia por lavado de activos y señalado internacionalmente como el principal testaferro de Nicolas Maduro. Y en 2004 figuró como asesor jurídico de varios comandantes de las AUC durante las negociaciones con el gobierno del entonces presidente Álvaro Uribe.
Además, durante su campaña han ocurrido varios episodios que han mostrado el talante machista del candidato. De estos, hubo dos que se robaron la atención mediática. El primero ocurrió en la emisora Piso 8 FM. Durante la entrevista, el candidato sacó su celular mostrando una fotografía suya y afirmó que con ella se había ganado “unos votos bien ‘bacanos’ del electorado femenino”, acto seguido, extendió el celular hacia la única periodista de la mesa, Laura Rodríguez, insistiéndole en que mirara fijamente la imagen donde se marcaban sus partes íntimas, De la Espriella presionó diciendo textualmente: “¿Qué ves aquí, cariño? Acércala y dime qué ves ahí. Hazle zoom… No, mi amor, ¿qué más ves? No seas tímida”. Posterior al hecho, el Juzgado 129 Penal Municipal de Bogotá concluyó que la actitud y expresiones del candidato reprodujeron estereotipos de género y se obligó formalmente al candidato a retractarse y pedir disculpas públicas por lo sucedido.
El otro episodio ocurrió en una entrevista televisiva en vivo con María Lucia “Malú” Fernández, periodista reconocida de Noticias Caracol. En la entrevista, Fernández le formuló una pregunta basada en declaraciones previas del abogado sobre su relación y los límites de ética, la moral y el ejercicio del derecho: Malú, preguntó: “¿si la ética no tiene nada que ver con el derecho, en un eventual gobierno suyo se puede gobernar sin ética?”. El candidato con las cejas fruncidas, papada levantada y manos revoloteando, miró a Malú y le dijo que le explicaría una discusión filosófica que él no se había inventado, cito: “La pregunta viene con su veneno, tú no lo entiendes porque no has estudiado derecho ni filosofía del derecho… La ignorancia es atrevida y perdóname, porque si hubieses investigado sabrías…”. De la Espriella no solo descalificó el conocimiento y la trayectoria de la periodista al formular la pregunta, sino que, como en otras ocasiones, incurrió en un fenómeno ampliamente documentado por los movimientos feministas: el mansplaining, que se refiere a la acción en la que un hombre le explica algo a una mujer —usualmente con actitud condescendiente y paternalista— asumiendo, falsamente, que no conoce sobre el tema y cuando no se le ha pedido explicación.
Del otro lado de la carretera: un corazón formado por el pulgar y el índice es el símbolo más visible de la campaña presidencial de Iván Cepeda. En sus afiches aparece mirando al frente, con un semblante sereno y amable. Sus eslóganes —”El poder de la verdad” y “Nos la jugamos por la vida”— refuerzan una imagen política construida alrededor del cuidado, la honestidad y la esperanza. Su cuerpo no transmite vigilancia ni fuerza física. Sonríe. Escucha. Espera.
Analizar las apariciones públicas de Cepeda es pensar en una política de otro ritmo. Ha construido una imagen asociada con la pausa, la deliberación y la serenidad. Sus intervenciones rara vez apelan a la confrontación directa; más bien sugieren una disposición al diálogo y a la escucha.
Hijo de Manuel Cepeda Vargas —senador de la Unión Patriótica asesinado en 1994—, fundó el Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado y ha enfocado buena parte de su trayectoria en la búsqueda de justicia frente a los hechos ocurridos en el conflicto armado. Ha defendido los derechos humanos, mostrando su compromiso con una salida dialogada a la guerra y apostando por políticas de corte progresista. Durante su carrera como senador, lideró debates históricos de control político sobre los nexos entre el narcotráfico, líderes políticos y el paramilitarismo en Colombia.
A su vez, ha impulsado procesos judiciales contra el expresidente Álvaro Uribe Vélez por presunto soborno en actuación penal y fraude procesal, caso en el que la Corte Suprema lo declaró víctima formal. Ha sido cercano a los movimientos sociales y juveniles en Colombia, defendiendo la protesta social como un medio legítimo de participación ciudadana. Una de sus banderas políticas para un eventual gobierno es, además, el respeto por la diversidad en sus múltiples expresiones.
En las entrevistas que ha concedido durante su campaña, Cepeda ha guardado la calma. No levanta la voz ni interrumpe a su entrevistador o entrevistadora y, ante los episodios machistas protagonizados por su contendiente, ha manifestado abiertamente una postura de rechazo y ha hecho un llamado a derrocar el patriarcado. También ha aparecido en canales digitales dirigidos por jóvenes, donde se le muestra risueño e incluso utilizando algunos símbolos asociados al K-pop.
El respaldo electoral que ha recibido de la Espriella no puede explicarse únicamente por sus propuestas de gobierno. Su éxito también revela la persistencia de una forma particular de entender el liderazgo masculino en Colombia. Una masculinidad que asocia autoridad con fuerza, seguridad con control y capacidad de gobierno con disposición al enfrentamiento. De la Espriella, encarna una masculina hegemónica y heteronormativa, dispuesta a “destripar” a todo aquel que piense y diga diferente a él.
A pesar de décadas de conflicto armado, violencia política y narcotráfico, una parte importante de la población sigue depositando sus esperanzas en una figura que promete orden a través de la violencia, que promete resolver los conflictos y mejorar la seguridad en el país con más violencia, estrategia que, gracias a las amplias investigaciones realizadas en el país y a instancias como la JEP y la Comisión de la Verdad, sabemos que no solucionan el problema, sino que lo empeoran. Lo preocupante es que esa promesa de “mano dura” se apoya en una idea muy específica de lo que significa ser hombre: no dudar, no escuchar demasiado, no mostrarse vulnerable y estar dispuesto a imponer la propia voluntad sobre los demás. El apoyo que ha recibido esta candidatura es una radiografía de la masculinidad aceptada, del lugar que una parte del país considera que deben ocupar los hombres y, en consecuencia, del lugar que debemos ocupar las mujeres.
En contraste, la candidatura de Iván Cepeda parece ensayar otra posibilidad. No necesariamente una ausencia de autoridad, sino una autoridad construida desde otros repertorios afectivos: la escucha, el diálogo, la memoria, el cuidado y el reconocimiento de la diferencia. Es lo que podríamos considerar una masculinidad alternativa que por serlo ha recibido críticas.
No es casualidad que una de las objeciones más frecuentes a su candidatura sea la supuesta falta de una estrategia lo suficientemente “fuerte” para enfrentar a los grupos armados y las distintas expresiones de violencia que persisten en el país. Detrás de esa crítica parece esconderse una idea profundamente arraigada en nuestra cultura política: la creencia de que gobernar implica necesariamente imponer, castigar o ejercer la fuerza. La masculinidad que encarna Cepeda incomoda porque desafía esa asociación. Sugiere que la autoridad puede construirse desde la palabra y no únicamente desde la amenaza.
Por eso, la contienda electoral no solo enfrenta dos proyectos políticos. También enfrenta dos imaginarios de masculinidad. Y el resultado de esa disputa dice tanto sobre los candidatos como sobre el país que los elige.
